
07 de agosto de 2026 a la – 07:05
Moscú, 7 ago (EFE).- El baloncesto ruso se despidió este viernes de Iván Edeshko, el autor del pase de la canasta más polémica de la historia, la que dio la victoria a la Unión Soviética sobre Estados Unidos en la final de los Juegos Olímpicos de Múnich 1972.
Acudieron hoy a la capilla ardiente en el pabellón de atletismo del CSKA Moscú personalidades del deporte, la cultura y la política de este país. Entre los asistentes figuraban Serguéi Tarakánov, campeón olímpico en 1988, y el presidente del CSKA, Andréi Vatutin.
«Empecé a jugar al baloncesto después de ver ese pase de oro en 1972. Sólo un gran deportista pudo dar tal pase cuando quedaban segundos para el final», comentó Tarakánov.
Edeshko, que murió el pasado 30 de junio a los 81 años, será enterrado en el Panteón de Defensores de la Patria en un cementerio a las afueras de Moscú.
Para la URSS, la canasta de Alexandr Belov tras un pase de 25 metros de Edeshko, que lanzó el balón cuando quedaban tres segundos en el reloj, es una de las páginas más brillantes de la historia del baloncesto patrio.
En cambio, los norteamericanos, que llevaban 63 victorias olímpicas consecutivas desde 1936, creen que todo fue una conspiración en su contra -la última jugada se repitió tres veces- forjada entre el Kremlin y el presidente de la FIBA, Renato William Jones, para acabar con su hegemonía.
«No me sorprende su reacción. Fue muy doloroso para ellos y lo sigue siendo», comentó a EFE Edeshko en septiembre de 2022, cuando se cumplieron 50 años del famoso partido.
Belov, que murió pocos años después, estaba defendido estrechamente por dos jugadores estadounidenses, pero logró elevarse sobre ellos y anotar bajo la canasta los dos puntos que dieron a su equipo una histórica victoria (51-50).
Cuando le preguntaban por quién tuvo la idea, Edeshko sonreía. Y es que un año antes el base bielorruso realizó la misma jugada en un partido amistoso contra EEUU disputado en Kiev. Entonces, faltaban dos segundos para el final del primer tiempo, pero el receptor del pase fue también Belov. Los estadounidenses lo olvidaron.
«¿La idea? Se la debemos a (Charles) McMillen», explica, en alusión al pívot estadounidense que le defendía cuando iba a sacar de fondo.
Por algún motivo, el estadounidense de 2,11 metros dio varios pasos hacia atrás, lo que permitió al soviético lanzar libremente el balón. McMillen le echa la culpa al árbitro rumano que le señaló los pies, aunque las reglas le permitían estar pegado a la línea.
«Si no se hubiera retrasado, me hubiera tenido que atrasar tres o cuatro metros y hubiera sido imposible pasar el balón», señala.
Medio siglo después, los estadounidenses se niegan a recibir las medallas, que siguen en la sede del Comité Olímpico Internacional en Lausana.
«Esas medallas estarán en Lausana durante otros mil años», dijo McMillen en una entrevista, postura que comparten todos sus compañeros.
En la misma línea, Kenny Davis y Tom Henderson han dejado escrito en sus testamentos que sus hijos nunca recojan las medallas de plata.
De aquel equipo sólo sigue vivo el lituano Modestas Paulauskas, de 81 años y que también fue doble campeón mundial y cuatro veces campeón de Europa con la URSS.
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