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Víctor Pecci: del París de Borg al sueño de Vallejo – Gente


Han pasado más de cuatro décadas desde aquella final, pero cada vez que Pecci habla de tenis lo hace con la misma pasión de entonces. Ya no empuña la raqueta para disputar puntos, sino para tender un puente entre dos épocas completamente distintas: la del tenis casi artesanal que le tocó vivir y la del circuito globalizado que hoy recorre Daniel Vallejo.

“Hoy el tenis tiene una difusión que en nuestra época era impensada”, reflexiona el extenista durante una charla con ABC. La frase resume una transformación que va mucho más allá de la tecnología.

Cuando Pecci disputaba los grandes torneos, seguir un partido desde Paraguay era un privilegio. Las transmisiones internacionales eran escasas y la información viajaba lentamente. Hoy, cualquier punto de un Masters 1000 o de un Grand Slam puede verse en tiempo real desde un teléfono celular. Las redes sociales acercaron a los jugadores al público y convirtieron al tenis en un espectáculo permanente.

“Internet y la televisión hicieron crecer al tenis de manera exponencial”, sostiene.

Sin embargo, detrás de esa revolución tecnológica, Pecci encuentra algo que permanece intacto: el desafío de competir entre los mejores.

Victor Manuel Pecci con la raqueta que llegó a la final de Roland Garros en 1979.
Victor Manuel Pecci con la raqueta que llegó a la final de Roland Garros en 1979.

Por eso sigue con atención el camino de Daniel Vallejo. El joven paraguayo comenzó a instalarse en el circuito ATP y afronta una gira decisiva por Norteamérica, una ruta que lo llevará por Montreal, Cincinnati y Winston-Salem antes del US Open.

Pecci evita las comparaciones simplistas. Sabe que cada época tiene sus exigencias. En los años setenta el tenis era menos físico y mucho más intuitivo; hoy los jugadores llegan acompañados por equipos multidisciplinarios integrados por entrenadores, preparadores físicos, fisioterapeutas, analistas de datos y especialistas en nutrición.

“Todo cambió. La preparación, la tecnología, el estudio de los rivales y la profesionalización son muy diferentes”, explica.

Aun así, el exfinalista de Roland Garros observa en Vallejo algo indispensable para abrirse camino: personalidad para competir y capacidad para sostenerse frente a rivales de primer nivel.

Cada triunfo del joven paraguayo parece despertar inevitablemente el recuerdo de aquella campaña de 1979. No por la necesidad de establecer paralelos, sino porque Paraguay vuelve a ilusionarse con tener un representante capaz de hacerse un lugar entre la élite mundial.

Pecci celebra esa posibilidad. Sabe mejor que nadie lo que significa cargar con las expectativas de un país entero. Él ya recorrió ese camino cuando enfrentó a Borg en la cancha central de Roland Garros. Hoy, desde otra posición, disfruta viendo cómo una nueva generación intenta escribir su propia historia.

Porque el tenis cambió. Cambiaron las raquetas, la preparación física, la velocidad del juego y la manera de consumir el deporte. Pero hay algo que permanece igual desde aquel inolvidable domingo en París: la ilusión de que un paraguayo vuelva a desafiar a los gigantes del circuito mundial.

La voz de la experiencia

Víctor Pecci habla de tenis con la serenidad de quien ya vivió todo. Su voz conserva el entusiasmo de aquellos días en que Paraguay se asomó al mundo gracias a una raqueta y un zurdazo inolvidable sobre el polvo de ladrillo de Roland Garros. Casi medio siglo después de aquella histórica final de 1979, el mejor tenista paraguayo de todos los tiempos vuelve a mirar París, pero esta vez desde otro lugar: como testigo privilegiado del crecimiento de Daniel Vallejo, el joven que devolvió la bandera paraguaya al cuadro principal de un Grand Slam.

Victor Manuel Pecci, la voz de la experiencia en el deporte.
Victor Manuel Pecci, la voz de la experiencia en el deporte.

La comparación surge inevitablemente. Pecci llegó a la élite prácticamente solo, en una época en la que el tenis paraguayo carecía de estructuras, entrenadores especializados y apoyo económico. Vallejo, en cambio, avanza en un circuito mucho más profesionalizado, con un equipo consolidado y herramientas que antes eran impensadas.

“Nosotros llegábamos prácticamente por intuición. Mi primer entrenador apareció cuando ya tenía 23 años. A esa edad ya es muy difícil modificar aspectos técnicos. Lo ideal es tener alguien que te forme desde muy joven, que te marque el camino, te diga qué torneos jugar y cómo planificar una carrera”, recuerda.

Para Pecci, esa es precisamente una de las grandes diferencias que favorecen al actual número uno paraguayo.

“Dani tiene hoy lo que nosotros no tuvimos. Tiene patrocinadores, ya está ganando un dinero importante solamente por disputar los Grand Slams, cuenta con un entrenador de mucha experiencia, un preparador físico y un equipo que sabe cómo manejar una carrera profesional. Lo mejor que puede hacer es confiar plenamente en ellos”, sostiene.

De Roland Garros al nuevo sueño paraguayo

Cada vez que observa a Vallejo competir en los grandes escenarios, Pecci revive inevitablemente sus propias experiencias en París. Roland Garros sigue ocupando un lugar especial en su memoria.

“Ganarle a jugadores como Corrado Barazzutti y llegar a la final de Roland Garros fue algo extraordinario. Son momentos que uno nunca olvida”, afirma.

Pero incluso ese logro histórico encuentra competencia en sus recuerdos.

“La Copa Davis me producía todavía más emociones. Ahí representabas al país. Ver al público pendiente de cada punto era algo distinto. Tengo recuerdos imborrables de las victorias sobre Francia, Checoslovaquia o Estados Unidos. Esa sensación era única”.

Aquella generación abrió un camino prácticamente inexistente. Paraguay llevaba medio siglo sin competir en la Copa Davis cuando Pecci comenzó a liderar el equipo nacional.

“Cuando debutamos en Copa Davis era algo completamente nuevo para nosotros. Nunca pensamos que podíamos competir de igual a igual con las grandes potencias. Haber logrado esas victorias fue una satisfacción enorme”.

“Dale Víctor”. Así vivía la familia Pecci desde el centro de Asunción la final que paralizó al país.
“Dale Víctor”. Así vivía la familia Pecci desde el centro de Asunción la final que paralizó al país.
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Un tenis mucho más exigente

El campeón paraguayo también observa cuánto cambió el tenis desde sus tiempos. “Antes una carrera profesional duraba aproximadamente hasta los 32 o 33 años. Hoy, con toda la evolución en la preparación física, la fisioterapia y la medicina deportiva, los jugadores compiten hasta los 38 o 39 años. Ahí están Novak Djokovic o Lionel Messi como ejemplos de cómo cambió el cuidado del atleta”.

Pero esa evolución también trajo una mayor exigencia mental.

“El tenis es una maratón de quince años. Competís prácticamente todo el año. Ganás una semana, perdés la siguiente. Tenés que convivir permanentemente con el éxito y con la derrota. El secreto está en no volverse loco cuando ganás ni deprimirse cuando perdés”.

Pecci encuentra ahí otro de los desafíos que deberá afrontar Vallejo en los próximos años.

“El calendario es muy largo y muy exigente. Hoy incluso los mejores jugadores del mundo se quejan de la cantidad de torneos. Lo importante será que Dani aprenda a administrar toda esa presión”.

Sudamérica también cambió

Durante la entrevista también reflexionó sobre el crecimiento del tenis sudamericano y el impacto que hoy generan jugadores como Vallejo.

“Ahora vemos mucho más seguido a tenistas sudamericanos en el circuito mundial. Antes era mucho más difícil. Argentina construyó una tradición enorme desde Guillermo Vilas. Después llegaron Clerc, Nalbandian, Coria, Del Potro y muchísimos más. Hoy siguen teniendo diez u once jugadores entre los mejores del mundo”.

A su juicio, ese desarrollo responde a una estructura consolidada. “Argentina es el país mejor organizado de Sudamérica en academias, entrenadores y preparación física. Además, entienden que el aspecto mental es fundamental porque el tenista pasa diez meses al año lejos de su casa”.

Por eso valora especialmente lo que representa la irrupción de Vallejo para Paraguay. “Cada vez que un paraguayo aparece en un Grand Slam tiene repercusión mundial. Eso también ayuda a que el tenis paraguayo siga creciendo”.

La medalla que volvió 45 años después

Entre las innumerables historias que guarda su carrera, una sigue pareciendo increíble.

La medalla de finalista de Roland Garros 1979 desapareció poco después del torneo. Nunca supo si la perdió o si fue robada. Cuatro décadas después apareció inesperadamente en una casa de subastas en Argentina.

“Un profesor de tenis vio la medalla, leyó que decía Roland Garros 1979 y sospechó que podía ser la mía. Me llamaron para confirmar y finalmente lograron recuperarla. Después de tantos años volvió a mis manos. Hoy está enmarcada en mi casa y espero que ya no vuelva a perderse”.

La anécdota resume, quizás mejor que cualquier estadística, la dimensión de una carrera que marcó al deporte paraguayo.

Internacional de Francia Roland Garros 1979, finalista caballeros singles, es el escrito que se aprecia en la medalla que Víctor Pecci había perdido hace 45 años y está a muy poco de volver a recuperarlo.
Internacional de Francia Roland Garros 1979, finalista caballeros singles, es el escrito que se aprecia en la medalla que Víctor Pecci había perdido hace 45 años y está a muy poco de volver a recuperarlo.

Hoy, mientras observa a Daniel Vallejo abrirse paso entre los mejores del mundo, Pecci reconoce que el camino sigue siendo largo, pero también que el tenis paraguayo ya no está obligado a empezar desde cero.

Porque esta vez, el sueño tiene memoria.

De una semifinal en Wimbledon al backstage de Metallica

Víctor Pecci habla de Roland Garros, Wimbledon y la Copa Davis con la naturalidad de quien los vivió desde adentro. Pero entre los grandes recuerdos de su carrera también aparecen historias que pocas veces contó y que retratan cómo era abrirse camino en el tenis internacional cuando viajar solo a Europa era una aventura.

Una de ellas ocurrió en 1973, durante Wimbledon Junior. Tenía apenas 17 años y estaba disputando el torneo más importante de su vida hasta ese momento.

“Era la primera vez que me iba a Europa. Me quedaba en un hotel dos estrellas, donde pagabas día por día. Agarraba mi raquetita y me iba a jugar Wimbledon”.

La ilusión de alcanzar las semifinales casi termina en un sobresalto.

“Me olvidé de pagar porque jugaba la semifinal. Salí medio acelerado y cuando volví mi maleta ya estaba en el lobby. Me dijeron: ‘Vos no pagaste el día y ya hay otra persona en tu habitación’”.

Más que la ropa, lo desesperaba otra cosa.

“Yo les decía: ‘Por favor, me tienen que abrir porque ahí tengo una cartucherita’. Ahí estaba mi pasaporte, tenía un poco de efectivo, los Traveler’s Checks… Mi vida estaba ahí”.

Finalmente encontró la pequeña cartuchera escondida debajo del ropero.

“Metí la mano y, por suerte, encontré todo. Agarré mis cosas, me fui a otro hotel… y siguió el baile”.

Aquellas experiencias reflejan el enorme contraste con el presente del tenis profesional. Hoy los jugadores viajan rodeados con equipos de apoyo. En aquella época, Pecci recorría el mundo prácticamente solo, aprendiendo sobre la marcha.

El día que Metallica lo fue a buscar

Décadas después, ya convertido en una leyenda del deporte paraguayo, el tenis volvió a abrirle una puerta inesperada: el backstage de Metallica.

Todo comenzó por Torben Ulrich, extenista danés, personaje excéntrico del circuito y padre de Lars Ulrich, el legendario baterista de la banda estadounidense.

“Torben era contemporáneo mío. Lo conocí a través de Tomás Koch y era un personaje espectacular, muy filosófico, totalmente distinto al estereotipo del tenista”.

Cuando Metallica llegó a Paraguay, Lars pidió conocer al paraguayo.

“Él quería una foto conmigo para mandarle a su papá”.

Pecci fue hasta el camarín, pero el músico ya había subido al escenario.

“Me dijeron: ‘Vení igual’. Me quedé atrás de la batería mientras tocaban. Después de una o dos canciones vino uno del staff, le avisó y, justo en una parte donde no usaba la batería, salió a saludarme”.

Conversaron unos minutos recordando a Torben Ulrich.

“Le dije que su papá era una gran persona. Nos sacamos la foto… pero mi celular se quedó sin batería. Así que la foto quedó solamente en el teléfono de él”.

Vilas, la guitarra y una respuesta inolvidable

Entre las tantas figuras que marcaron su generación, Guillermo Vilas ocupa un lugar especial. Más allá del campeón, Pecci recuerda al hombre apasionado por la poesía y la música.

“Era muy rockero, le gustaba mucho la poesía, pero era un toro, entrenaba seis horas por día”.

De esa faceta artística nació una anécdota que todavía lo hace sonreír.

Vilas se hizo amigo de Mark Knopfler, líder de Dire Straits y uno de los guitarristas más influyentes del rock. En una ocasión le pidió algunos consejos para mejorar con la guitarra.

La respuesta fue tan sencilla como brillante.

“Knopfler le dijo: ‘Yo también quiero jugar Wimbledon’”.

Cada uno, en definitiva, era un virtuoso en su propio escenario.

Al final de la conversación, queda la sensación de que Víctor Pecci nunca dejó realmente el circuito. Ya no recorre el mundo con una raqueta al hombro ni espera el sorteo de un Grand Slam, pero sigue viajando por los mismos recuerdos que construyeron una de las carreras más extraordinarias del deporte paraguayo.

Habla de Roland Garros como si hubiera sido ayer, revive con una sonrisa la maleta perdida en Wimbledon, recuerda a Guillermo Vilas, a Björn Borg, a Torben Ulrich y hasta a Lars Ulrich esperándolo detrás del escenario de un concierto de Metallica.

Entre una historia y otra aparece inevitablemente Daniel Vallejo. Pecci no busca comparaciones apresuradas ni cargar sobre el joven paraguayo el peso de una herencia. Prefiere hablar de oportunidades, de estructuras, de competencia internacional y de la fortaleza mental.

Casi medio siglo después de aquella inolvidable final en Roland Garros, el tenis paraguayo vuelve a mirar hacia París con ilusión. Y mientras Vallejo escribe sus primeras páginas en el circuito grande, Pecci observa desde otro lugar: ya no como el muchacho que desafiaba a los gigantes, sino como la leyenda que abrió el camino y que todavía encuentra en cada historia, cada anécdota y cada nuevo talento una razón para seguir creyendo que los sueños también pueden hablar con acento paraguayo.



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