La historia de la fulminante caída de Jason Arday, el catedrático negro más joven en la historia de la Universidad de Cambridge, se puede exponer como una sucesión lineal de eventos en orden cronológico, no sin antes advertir que el proceso oculto que subyace a esos hitos visibles y los sostiene como altorrelieves no comienza con el profesor Arday, sino mucho antes, ni termina con él. La línea partiría de su nacimiento en Clapham, barrio del municipio londinense de Lambeth, hijo de inmigrantes ghaneses, en 1985, y conduciría, entre otras cosas, a su nombramiento como catedrático de Sociología de la Educación en Cambridge, hasta tropezar –súbito corte del hilo de la vida– con un triste, solitario y final viernes de agosto de 2026.
También podríamos narrar como una tragedia en cuatro actos las últimas cuatro semanas, desde el martes 21 de julio hasta hoy, viernes 21 de agosto en que a contrarreloj escribo estas líneas a ser impresas mañana y leídas en la edición del domingo. Una semana, un acto.
El primer acto –La acusación– comenzaría ese martes 21 del mes pasado en la Universidad de Gante, donde un investigador posdoctoral, el estadounidense Nathan Cofnas, publicaba en su blog de Substack la entrada «DEI Fraud and Cover-Up at Cambridge» (Fraude y encubrimiento en materia de DEI en Cambridge). Revelaba allí que, usando un software de detección de plagio, había encontrado en la tesis doctoral de Arday, defendida en la Universidad John Moores de Liverpool en 2015, pasajes idénticos o casi idénticos a varios de otra tesis, de Paula Zwozdiak-Myers, defendida en la Universidad Brunel de Londres en 2009. Cofnas deslizaba con bastante claridad que el nombramiento de Arday como catedrático de Cambridge solo podía deberse a las políticas de diversidad, equidad e inclusión (DEI), y no al mérito. Tres días después, el viernes 24 de julio, The Times publicaba su propio análisis, y el reportaje «Cambridge’s diversity poster boy in plagiarism row» (El ídolo de la diversidad de Cambridge envuelto en escándalo de plagio) aparecía en The Telegraph. Rápidamente, The Sunday Times, The Daily Mirror, The Spectator, The Guardian, The Daily Mail, The Independent, la BBC, etcetera, se sumaron.
El segundo acto –La capitulación– seguiría con más reportajes, artículos, programas y pódcasts cuestionando –tal como se hizo desde la publicación de Cofnas, sin limitarse al plagio– logros, anécdotas, recuerdos y detalles de todo tipo de la vida personal de Arday. El miércoles 5 de agosto Cambridge anunció una investigación sobre las credenciales de Arday, que renunció a su cátedra de forma irrevocable ese mismo día. Eso no detuvo el alud de publicaciones hostiles a él. Desde el 29 de julio, con la nota «Jason Arday: Cambridge’s DEI darling», que desde el título lo caricaturizaba como la «querida» o la «amante favorita» de las políticas de inclusión, UnHerd, propiedad de Sir Paul Marshall, había ametrallado vigorosamente al profesor, y el hecho de que acabara de perder su trabajo no le impidió disparar el sábado 8 de agosto el artículo de Richard Dawkins «Jason Arday: A question of academic standards. What was his obscurantism hiding?» (Jason Arday: una cuestión de estándares académicos. ¿Qué ocultaba su oscurantismo?), donde el famoso biólogo, en lugar de ocuparse de las acusaciones de plagio contra Arday, se dedicaba a burlarse de su forma de escribir.
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El tercer acto –El asedio– proseguiría con nuevas avalanchas de opiniones presentando cuanto pudo haber dicho sobre su vida como exagerado o falso –249 artículos en 22 días, por mencionar solo la prensa escrita–. Mientras los columnistas disfrutaban de los aplausos, los lectores de la indignación, los influencers de la atención, los usuarios de las redes sociales de la participación, los periódicos del tráfico y las plataformas de las interacciones, la bola de nieve rodó y rodó y rodó, cada vez más grande, sin ningún responsable concreto. La investigación misma, al dañar a su objeto, se convirtió en objeto de investigación, las objeciones a la cobertura fueron materia de cobertura y la controversia generó controversia sobre la controversia hasta que llegó un momento en que cada intento de frenar el alud lo acrecentaba. Y así cae el telón del tercer acto sobre el cuerpo sin vida del profesor Jason Arday en su piso de Battersea, en el sur de Londres, donde fue encontrado el viernes 14 de agosto.
En el último acto –El futuro–, que acaba de comenzar, cientos de alumnos del profesor se reúnen el domingo 16 para recordarlo, y al día siguiente, lunes 17 de agosto, una impresionante multitud de miles de personas –más de 30.000–, gentes de todo tipo, pelaje y condición, blancos, negros, jóvenes, viejos, llegan desde todas las calles de Londres a Trafalgar Square para rendir homenaje a la memoria de un hombre negro acosado y humillado hasta la muerte, plagiario o no, fabulador o no.

Ni siquiera el respeto por el duelo de la viuda y los hijos huérfanos de Arday detiene a quienes lo utilizan para defender jerarquías raciales. Después de su muerte, la prensa siguió publicando artículos como el de Brendan O’Neill en The Spectator del domingo 16 de agosto, que deplora que «el culto a la diversidad» elija «“oprimidos” para ungirlos con honores dejándolos expuestos a la crítica cuando otros empiezan a cuestionar sus credenciales», como hizo, escribe, con Arday, «convirtiéndolo en el niño prodigio de su proyecto filisteo de “descolonización” sin medir las consecuencias de que su frágil historia se desmoronara, como inevitablemente sucedería. Nadie puede negarlo ya: la corrección política crea dioses falsos y tragedias verdaderas…». Aun hoy, viernes 21 de agosto, siguen apareciendo publicaciones como esta pieza autohagiográfica en el Wall Street Journal en la cual precisamente el que dio inicio al primer acto de esta tragedia hace hoy un mes se pinta a sí mismo como su principal víctima: «How I Became the Scapegoat in the Jason Arday Affair» (Cómo me convertí en el chivo expiatorio del caso Jason Arday). Aunque nos choque que, con Arday muerto, Nathan Cofnas insista en sentirse el verdadero protagonista del drama, es coherente con lo que tuiteó sobre la conmovedora vigilia del lunes: «En Trafalgar Square se celebró un mitin de odio contra Cofnas con aproximadamente 15.000 asistentes. Si estuviera en Londres, sería muy probable que me asesinaran. Miles de académicos y periodistas conocían la verdad sobre Jason Arday desde hace más de un año. Ahora ya saben por qué nadie dijo nada».
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No he tenido acceso a la tesis de 2015 (aunque la Universidad John Moores de Liverpool, donde Arday se doctoró, concluyó que contenía errores metodológicos, no plagio, y un conocido mío de esa universidad me informa que la autora que le acusaron de plagiar, Zwozdiak-Myers, es citada debidamente en todo el texto excepto en el capítulo dedicado a la literatura existente sobre el tema; es decir, en el capítulo que por definición presenta ideas de otros), por lo cual no puedo opinar sobre si cometió plagio o no. Pero ya el primer artículo, del 21 de julio, apuntaba más a la persona que al delito: «Fuera del plagio, hay serias dudas sobre las afirmaciones biográficas de Arday», escribía Cofnas. «Correr 30 maratones en 35 días y 300 millas en 3 días –añadía– son hazañas de dudosa credibilidad». De las 30 maratones que Arday dijo que corrió en 35 días se burló toda la prensa, y sin embargo medios como TES Magazine y el Richmond and Twickenham Times cubrieron esa hazaña de dudosa credibilidad en agosto de 2010. Al menos en eso, Arday no mintió. Otras afirmaciones suyas que también fueron motivo de escarnio se han demostrado veraces tras su muerte. Pero lo importante no es si las acusaciones contra Jason Arday eran acertadas o no –porque, aunque Dawkins lo niegue, esta no es «una cuestión de estándares académicos», y nunca lo fue–. Lo importante es que la destrucción de su imagen cumplía una clara función política.
Tan clara como la utilidad política de Cofnas, evidente al menos desde 2024, cuando, luego de publicar que en una verdadera meritocracia el número de profesores negros sería cercano a cero y ser despedido del Emmanuel College de Cambridge, reivindicó «el derecho de los académicos a expresar ideas políticamente incorrectas sobre la raza». Pero lo que Cofnas, «realista racial» y defensor del hereditarismo, expresa no son teorías censuradas, sino teorías refutadas. Y refutadas hace mucho. Ya Anténor Firmin demostró científicamente la igualdad racial utilizando los datos cuantitativos de los propios antropólogos racistas de su época para rebatir sus conclusiones en su obra cumbre de 1885, De l’égalité des races humaines. Disfrazar de «opiniones políticamente incorrectas» las patrañas de una pseudociencia obsoleta no es, como los adalides ultraderechistas de la «libertad de expresión» pretenden, honestidad intelectual, sino lo contrario. Cofnas y otros académicos como él creen que la investigación sobre las diferencias de inteligencia entre las «razas» ha sido abandonada por la «tiranía woke» (como ellos dicen) o por motivos ideológicos. Nada más lejos de la realidad. Ha sido abandonada por la misma razón por la que el paradigma geocéntrico ha sido abandonado. Al igual que el credo antivacunas o el negacionismo del cambio climático, el realismo racial es una de esas construcciones que solo cabe llamar delirantes no por falta de evidencia empírica que las sustente sino por la abundancia de evidencia empírica que las refuta. La creencia de los «realistas raciales» en que existen grupos biológicamente diferentes dentro de nuestra especie no está perseguida: está descartada. No existe fundamento científico alguno para la afirmación de que la especie humana se divide en «razas» genéticamente distintas. Nunca hubo grupos biológicamente «puros» y aislados durante un tiempo suficiente para que tenga sentido hablar de «razas», y aunque los individuos humanos podamos presentar una gran diversidad fenotípica, compartimos el 99,9 % de nuestro ADN. Todo esto es parte del paradigma científico vigente al menos desde la finalización del Proyecto Genoma Humano, hace más de dos décadas. Afirmar lo contrario no es «controvertido», «incómodo» ni «polémico»: es ridículo.

Los intentos pseudocientíficos de proporcionar bases genéticas a las diferencias sociales piensan la raza y el sexo como parte de un conjunto de rasgos hereditarios que justificarían las jerarquías de poder. Jason Arday fue utilizado para tratar de vincular raza y genética, uno de los objetivos metapolíticos de la ultraderecha. El resurgimiento de ideas cuya falsedad ya ha sido demostrada y su penetración, desde los márgenes hasta esferas cada vez más centrales de la comunidad científica y del mundo académico, forma parte de una tendencia ideológica que responde a cambios estructurales a nivel global.
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Puede que Jason Arday haya cometido plagio; puede que no. En cierto modo, eso es indiferente: Nathan Cofnas era realista racial antes de analizar la tesis de Arday con un software detector de plagios. La creencia de que la presencia de negros en puestos académicos importantes solo puede ser el fruto podrido de las políticas inclusivas y las «cuotas» raciales existía antes de que Cofnas publicara su artículo del 21 de julio. En el mundo patriarcal, conservador y blanco de los realistas raciales, alguien como Jason Arday era al mismo tiempo una descarada refutación ambulante de sus convicciones, una propaganda viviente de la hipocresía woke y una síntesis perversa de todos los síntomas de la decadencia de occidente, del Armagedón y del Apocalipsis. La pseudociencia barata de esa ultraderecha racista precedió al hallazgo del real o supuesto plagio, que por eso no fue sencillamente comunicado a las autoridades competentes para que cumplieran su trabajo sino expuesto en una entrada de un blog de Substack con las palabras «fraude», «encubrimiento» y «DEI» en el título. Cofnas y su entorno académico y político comprendieron que la prueba del plagio podía convertirse convincentemente en prueba de inferioridad racial. La moraleja estaba lista antes de empezar el sainete: tarde o temprano, la realidad se impone y desenmascara a los impostores injustamente beneficiados por políticas «de izquierda». The End. En esta siniestra fábula, la humillación pública de personas como Jason Arday es una parte necesaria de lo que la ultraderecha considera la restauración moral del mundo.

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