19 de agosto de 2026 a la – 01:00
La intervención conjunta entre los gobiernos de Estados Unidos y Japón para rescatar al yen el pasado 31 de julio marca un punto de inflexión en la política monetaria global, siendo la primera acción coordinada de este tipo desde 1998. Esta medida drástica surge tras semanas de una depreciación vertiginosa que llevó a la moneda japonesa a tocar valores cercanos a los 164 yenes por dólar, su nivel más bajo frente a la divisa estadounidense desde 1986. El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, ha sido enfático al declarar que la debilidad del yen no es solo un problema local, sino un riesgo para la estabilidad de toda la región asiática y la economía mundial.
El debilitamiento del yen genera una presión inflacionaria importante en Japón, economía netamente importadora, especialmente de energía comercializada en dólares. Según fuentes del mercado, las autoridades japonesas habrían gastado aproximadamente US$ 53.000 millones en una intervención inicial el 30 de julio, seguidos de otros US$ 34.000 millones en la operación coordinada con Washington al día siguiente.
Aunque estas cifras son masivas, el efecto resultó ser efímero; tras un ajuste inicial que llevó el tipo de cambio a la zona de 155 yenes por dólar, el yen borró rápidamente la mitad de sus ganancias, al situarse nuevamente cerca de los 160 yenes por dólar.
Este nivel de 160 yenes por dólar es considerado por los analistas y las autoridades como una “línea roja” psicológica. Bank of America (BofA, por sus siglas en inglés) calificó la participación de Estados Unidos como un paso “significativo”, mientras advierte que si el yen vuelve a cotizar de forma duradera por encima de este umbral, el mercado podría interpretar la inacción como una falta de compromiso, lo que desencadenaría una presión adicional de venta.
Un aspecto técnico revelador es que el Tesoro estadounidense utilizó euros para comprar yenes; con esta estrategia buscó evitar la interpretación de que Washington abandonaba su tradicional política de “dólar fuerte”, aunque BofA sugiere que futuras intervenciones podrían requerir la venta directa de dólares para ganar efectividad.
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Por otro lado, la efectividad de la intervención se ve amenazada por una tensión existente entre Scott Bessent y la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi. Mientras Bessent, considera que el Banco de Japón (BoJ, por sus siglas en inglés) se encuentra “detrás de la curva” y necesita endurecer su política monetaria para combatir la inflación, Takaichi se muestra recelosa de subir las tasas de interés con demasiada rapidez por temor a sofocar el crecimiento económico.
No obstante, la presión de la inflación y la depreciación de la tasa de cambio obligaron a un cambio de postura, ya que Takaichi manifestó recientemente su apoyo a una posible subida de tasas si el BoJ lo decide, para intentar frenar la especulación.

El diferencial de tasas de interés es el principal enemigo de la moneda japonesa. Mientras que la tasa de referencia de la Reserva Federal de EE. UU. oscila entre el 3,50% y el 3,75%, la del Banco de Japón se mantiene en un modesto 1%. Esta brecha fomenta el carry trade, donde los inversores se financian en yenes a menor costo para comprar activos denominados en dólares, que tienen mayor rendimiento, una tendencia que difícilmente se revertirá únicamente con intervenciones de mercado.
A pesar de los esfuerzos, las fuerzas subyacentes que impulsan la caída del yen, como la incertidumbre geopolítica en torno a Irán y los altos precios de la energía, permanecen intactas. Bessent sugirió que Japón puede utilizar el Mecanismo de Recompra para Autoridades Monetarias Extranjeras e Internacionales de la Reserva Federal para canjear sus bonos del Tesoro por efectivo sin presionar los rendimientos estadounidenses, aunque hasta ahora no hay evidencia de su uso.
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La situación actual refleja una evolución de la Abenomics, la estrategia aplicada desde 2013 por Shinzo Abe para combatir la deflación y el estancamiento económico en Japón.
En última instancia, la estabilidad del yen dependerá de que las intervenciones sean seguidas por cambios estructurales en la política monetaria de Tokio, que logren convencer al mercado de su determinación.
* Este artículo fue elaborado por MF Economía e Inversiones.
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