La vida de María Ojeda (26) cambió de golpe en abril de 2024. En plena juventud y un pequeño hijo que hoy tiene apenas tres años, esta madre oriunda de Vaquería, departamento de Caaguazú, recibió la noticia que ninguna persona desearía escuchar: un diagnóstico oncológico devastador.
Lo que comenzó como un persistente dolor de espalda derivó en una pesadilla clínica cuando los estudios revelaron un tumor que ya había tomado su columna vertebral debido a un cáncer de mama que no fue diagnósticado a tiempo. Posteriormente, la enfermedad escalaría implacablemente hasta alcanzar el sistema nervioso central.
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Hoy, María enfrenta un diagnóstico de cáncer de mama con metástasis ósea y cerebral. Su situación se agrava por una severa crisis económica familiar, ya que hasta deben vender sus pertenencias para costear traslados hasta el Instituto Nacional del Cáncer (Incan), así como hospedajes y medicamentos que el Ministerio de Salud Pública (MSPBS) está obligado a proveer, pero que escasean de forma sistemática en los hospitales del Estado.
La odisea del traslado desde Vaquería hasta el Incan
Para recibir su tratamiento, María debe realizar un viaje de más de una hora y media desde Vaquería hasta la ciudad de Caaguazú, y desde allí emprender el extenso tramo hasta el Incan, en la ciudad de Aregúa. Pero la travesía no es solo larga; es un peligro latente para su integridad física.

“Yo no puedo viajar en colectivo por mi columna que está muy delicada. Tengo fisuras y hasta me puedo fracturar. No puedo ni alzar cosas porque se puede fracturar; no puedo ni barrer, ni repasar, mucho menos alzarle a mi hijo de tres añitos que está pesado ya”, relató a ABC Color con la voz quebrada.
Para evitar el transporte público y los movimientos bruscos que pondrían su vida en riesgo, la familia depende de la solidaridad de su abuelo, un hombre de avanzada edad y postrado en cama tras sufrir un ACV, quien le presta su vieja furgoneta. Pero este frágil salvavidas está a punto de extinguirse: el vehículo será vendido para poder subsistir, dejando a María sin medio de transporte.
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El costo de cada viaje oscila entre los G. 800.000 y G. 1.000.000 que solo incluye el combustible y pago de un chofer. Como a veces el tratamiento se prolonga, María no puede regresar el mismo día a su hogar y también debe pagar hospedajes que rondan los G. 100.000 por noche para ella y sus acompañantes. A todos estos gastos se la alimentación y otros inevitables gastos.
Su esposo, Ariel Bareiro Mendoza, no puede trabajar de forma remunerada debido a que debe dedicarse enteramente a cuidarla, administrarle morfina cada cuatro horas y asistir al pequeño hijo de ambos. Esta situación, deja a la familia dependiendo exclusivamente de la solidaridad de sus vecinos, que organizan eventos para ayudar a la joven madre que debe traslardarse desde el departamento de Caaguazú al menos dos veces al mes.
El drama en el Incan: Promesas vacías y la crueldad de volver con las manos vacías
El calvario de María y los gastos de la familia no terminan al llegar a las puertas del Incan, que es referencia en atención oncológica. En Paraguay, la gratuidad en la salud pública choca contra la cruda y desesperante realidad que se vive en los hospitales públicos.

María contó a ABC Color que en numerosas ocasiones, los viajes resultan completamente infructuosos. Tras soportar horas de dolor viajando desde Vaquería, se entera de que los fármacos esenciales no están disponibles.
“Siempre faltan insumos. A veces hay que comprar jeringas que cuesta G. 180.000. Otra veces no hay medicamentos y cuando es así los gastos son el doble. La morfina, por ejemplo, si no hay, se debe comprar y cuesta G. 1.800.000. Tampoco hay antidepresivos como la amitriptilina”, relató con pesar la paciente.
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“Otras veces directamente no hay nada”, lamenta María, quien a pesar de haber completado con disciplina admirable 31 sesiones de quimioterapia y 16 sesiones de radioterapia sin faltar a ninguna, ve cómo su esfuerzo físico y mental se están agotando en medio de la indiferencia del Estado.
Ambulancias para el Mundial de Rally mientras el pueblo agoniza
Es imposible analizar el caso de María Ojeda sin poner la lupa sobre las actuales prioridades del gobierno de Santiago Peña, y de María Teresa Barán, ministra de Salud Pública.
Mientras una joven madre de 26 años, estudiante de tercer año de odontología truncada por la enfermedad, tiene que hacer rifas, vender sus pertenencias y apelar a la solidaridad ciudadana mediante torneos de voley y juegos de baraja para comprar una dosis de morfina o pagar un hospedaje, el Estado paraguayo demuestra una desconexión alarmante con las necesidades reales de su población.
Resulta una bofetada a la dignidad humana y a la salud pública constatar cómo el Gobierno Nacional destinó casi 50 ambulancias para brindar cobertura de lujo a un evento internacional como el Rally del Chaco, mientras los hospitales públicos carecen de insumos básicos, ambulancias operativas para traslados de emergencia en el interior, y los pacientes oncológicos del Incan mendigan medicamentos de alto costo.
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¿Cómo se justifica que los recursos públicos —que deberían garantizar el derecho a la vida y a la salud consagrados en la Constitución Nacional— se movilicen de manera ostentosa para eventos proselitistas o de entretenimiento deportivo, mientras los ciudadanos del interior profundo como María, deben vender hasta la última pertenencia para salvar sus vidas?
Un futuro incierto pero sostenido por el amor de madre
A pesar de haber perdido la tranquilidad, de haber vendido su patrimonio familiar, de sufrir dolores insoportables y de ver cómo las secuelas de los tratamientos afectan sus funciones cognitivas, María mantiene una entereza inquebrantable.
“Creo que voy a superar esta prueba. Las ganas de luchar las tengo en el corazón. Voy a luchar y voy a hacerlo por mi hijo que tiene solamente tres añitos, porque quiero verle cuando se vaya a su primer día de clases, a su primer día de todo”, expresó entre zollosos.

La historia de María Ojeda es el reflejo vivo de miles de paraguayos que sostienen la salud pública a fuerza de solidaridad comunitaria. La salud de María ya no puede esperar, necesita de la ayuda urgente de un país para seguir viviendo al lado de su pequeño hijo.
Cada aporte, por pequeño que parezca, representa una bocanada de oxígeno y una oportunidad de vida para María y su familia. Quienes deseen colaborar pueden hacerlo a través de transferencias bancarias al alias 6148024 a nombre de Ariel Bareiro Mendoza. Para quienes deseen contactar con María y conocer más sobre sus necesidades, su número de WhatsApp es 0981-855-746 y su número activo para llamadas es el 0987-303-939.
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